Reformas

El verano español, sol y chicharras, termina siempre en reforma. Unos años, remodelan la Puerta del Sol; y otros, la ley de educación. Y de ahí no salimos. Este otoño, con las dos reformas en curso nos han empantanado de polvo y pedagogía por decreto. ¡Total, puestos a hormigonar, lo mismo les daba echar una carretilla más o menos de libros o de ladrillos! El caso es tener a la albañilería y al profesorado afanados en el tajo y subcontratados por competencias.

El político ibérico de bellota ama la reforma, la suya. Es reformista de oficio. Incapaz de crear, busca mejorar el corte ajeno. Como el otoño es el eterno comisionista de los espléndidos días del verano.

A Martínez Almeida, igual que a todo alcalde con dos temporadas de poltrona, le ha venido una gana municipal y ubérrima de adoquinar la plaza del pueblo, a mayor gloria de su apellido. Y se ha puesto, muy vivaracho él, a alicatar hasta el techo la Puerta del Sol con once millones de euros. Una calderilla que había.

Pero esa plaza es un sifonier donde no cabe un pongo más: quioscos, el madroño de la lotería, el oso suelto, Carlos III tras su caballo, la ballena de Renfe, la Mariblanca, fuentes resecas, la campanada del turismo, qué sé yo. Moverá pongos acá y allá para que el gentío celebre el año nuevo, un 15-M más aseado o quizá otra República menos ilustrada, pero con mayor lustre, quién sabe. En los colegios están en el mismo trajín que pongo o que quito Religión, el darwinismo, las corcheas o Isabel la Católica y en ese plan.

Enlosetada Sol con la nueva ley de enseñanza, dicen que hasta el político, es un decir, será competente para pasear sin tropiezos éticos y para entender cualquier documento. Así el iluminado Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, no llamará tontos eléctricos a sus clientes por firmar un mal contrato. Y al alcalde Almeida no lo torearán un chino malayo y dos maletillas a comisión por no leer bien el contrato de las mascarillas.

Eso en USA no pasa. En Hollywood, los reguapos Jennifer López y Ben Affleck, con abogados centrados en lo mollar, han firmado contrato matrimonial que incluye cuatro coitos semanales. Es que allí el contratista está en el detalle, no en el aquí te pillo, aquí te mato madrileño. Lo malo de esto será llevar el menudeo sexual. Del «me debes dos coitos y mitad de cuarto» al «a dormir, que esta semana agotaste tu crédito» hay apenas un par de apuntes contables.

El viandante vallecano, que protagoniza película más barriobajera, se conforma con apañar contrato energético, sexual, educativo o laboral que reforme o apuntale su vida en declive. Pero todos los Emilios de las barriadas madrileñas caminan sin contrato social, abandonados a subvivir a la sombra del olvido, parados los lunes en las obras de Sol, en la cola de los comedores del hambre o rellenando impresos para las migajas de un billete con trasbordo a ninguna parte. Mejor sería pillar contrato de alquiler con tarifa plana de político reformista.

La reforma definitiva de Sol o de educación, la reforma integral de España está siempre por venir, es un mañana que nunca mañanamos. España es la reforma que no tuvimos, es la reforma pendiente con el disimulo de mil chapuzas. España fue una contrarreforma anidada en su entraña moral, en su kilómetro cero más histórico. Y mientras llega ese Godot que no se espera ya, se pasa uno la vida firmando contratos para comprometerse a todo, incluso a morirse.

«Sí, quiero»

Mis amantísimas lectoras finas, mis queridos lectores en masa, todo cambia, todo lo muda el azar por no hacer mudanza en su costumbre. Esta prosa irreverente y desflecada que amáis y odiáis de párrafos en cueros se traslada a otra barriada con mayor escaparate tipográfico: al periódico El PAÍS. Sí, una ojeadora pícara de las que se fijan en los renglones torcidos de articulistas descompuestos por la vida ha caído en mi subvivir y le propone a uno proposición de matrimonio lírico: «Quiero tu firma en EL PAÍS. Es tu sitio. Espero tu sí, no acepto un no!». ¡Pero mira qué pinta llevo con estas metáforas llenas de lamparones y descamisado! Además, tengo el verbo hecho un asco y no estoy yo arregladito ideológicamente para una fiesta digital de tanto marisaber.

Que no, que te ofrezco columna con toda la Libertad de Ayuso y letra capital de Almeida para que garabatees tus tontadas en esa sintaxis sentimental tuya de siempre o de nunca. Busco un estilo canalla que airee el prosaísmo político madrileño sin atascos, sin retrasos. Y los euros bajo el principio de incertidumbre del periodismo. O sea, que sí y que no al mismo tiempo. Así la cosa de la escritura desde Larra. Vivimos un romanticismo perpetuo, de amor al verso.

Y aquí estoy yo ahora como manojo de nervios semánticos, a ver si saco tema con el matrimonio interruptus del Urdanga o qué sé yo. Y mientras hago votos por que la reforma laboral ampare mi contrato y el de todo el poetariado, surge el sacrosanto error de su señoría Casero. El bendito error humano. La variación azarosa que humaniza la existencia. Ese error de mutación genética que mejora las legislaturas. Cada una tuvo el suyo: el error Berenguer, el error Verstrynge, el de Albert Rivera, el del chalé de Galapagar y así. La humanidad progresa por errores.

Al diputado Alberto Casero le entró, como a mí, una flojera y una desgana de febrero modorro y dijo sí, quiero, por decir no a la reforma laboral, que apadrinaba del brazo Garamendi y C&A. Su no fue sí por culpa de unas teclas traidoras, socialistas todas, por un virus gastrointestinal o una wifi podemita. Meritxell Batet también se lía y anuncia un no que luego riza en un sí presidencial. Todo el bodorrio sindical/socialista sonríe aliviado en un amén dentario. La presidenta tiene el tipex bien puesto. Los curas se gastaban más paciencia con los novios dudones en el altar. Un virus le tenía hecho unos zorros a Casero en su casa, pero se le pasó en un santiamén. Él solito con su dedo casero salva la reforma laboral de España. A España siempre la ha salvado o la ha condenado un despiste, un azar o un alzamiento. España vive de milagro, España es el milagro vivo permanente. España existe de rebote. Nunca un diputado con un ipad ha hecho tanto por los currelas de la patria. Casero se puso en pie con un sudor frío, cogió un taxi y a la carrera de San Jerónimo a ver cómo arreglo lo mío.

-No me joda, que usted es del pepé, le dice el taxista a la altura de Cibeles.

-Ya, ya, qué me va decir, que me juego los garbanzos. ¡Cuando se entere mi señorito Casado!

A la altura de Neptuno ha dejado de ser un sin ley. El error Casero ha borrado el nombre de la vicecomunista Yolanda Díaz de la reforma laboral. Hoy es ya la ley Casero. Así se forja España con equivocaciones que enderezan la nación y dejan a los dos diputados de UPN sin mariscada. ¡Para un día que traicionan a los espárragos y querían comer gambas! ¿Será mi sí a EL PAÍS otro error poético? Ay, bendito, me voy que me he dejado la olla puesta.

EL PAÍS, lunes 7 de febrero, 2022.

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Pobres

Cuando vino por esta tierra de Dios, Philip Alston, el relator especial de la ONU, nos cascó un informe de siete plagas sobre la pobreza hispana. Que si había inflación de pobres, que si la miseria de ahí mismito en la Cañada Real, que si los emigrantes freseros bajo los plásticos y todo eso. Nadie le hizo caso.

Peor fue lo de la visita de Eisenhower a España en el 59. El franquismo, adelantándose al muro de Berlín, levantó el muro de Madrid. Tramos de tapia blanca en la carretera entre el aeropuerto de la base de Torrejón y Madrid para que el presidente americano no viera desde su descapotable el chabolismo del régimen.

Lo que pasa hoy es que el pobre unidimensional y madriles engaña mucho al ojo, se camufla con contrato fijo discontinuo, con pobreza de larga duración o pensión de viudedad y así no hay tu tía. El pobre es entelequia, es residuo laboral, es callejón urbano, es humo empadronado. El oficialismo niega el hambre popular de Vallecas, como Putin niega su guerra en Ucrania, pero tanques y comedores sociales ameritan esas ignominias.

Cáritas ha hecho recuento de pobres por los suburbios y le ha salido como suma un versículo de posguerra, la nuestra, al estilo del poeta Dámaso Alonso: “Madrid es una ciudad de más de un millón de pobres”. A Enrique Ossorio, consejero de la cosa educativa, le ha molestado más el numerito de Cáritas y menos la poesía de Dámaso, que mira por aquí y remira por allá, para descubrir la metáfora de la miseria.

Mi vecino el cardenal Omella, que viene muy vallejiano del obrador del barrio con un pan al hombro, sí proclama la presencia y el amor al pobre. ¡Qué sería del catolicismo sin los votos de la pobreza! ¡Y de la política, si los pobres se sufragasen a sí mismos en las elecciones! Aquí solo triunfa la selección nacional de comisionistas del pelotazo, tipo Alberto Luceño engominado, el maromo Medina de melenita trajeada, con presidencia por wassap de Rubiales y Piqué, como capitán de esa España amoral, y por ahí.

Sí, hay pobres de espíritu, pobres intelectuales y pobres de pedir, como exclamó Esperanza Aguirre ante su primera nómina de presidenta. Haberlos haylos, cual meigas, pero unos cenan, como Plácido en la película de Berlanga, humor negro y otros fideos con avecrem.

Tampoco el presidente Sánchez quiere más pobres de importación. Ha trapicheado a lo beduino con el rey Hasán de Marruecos lo de las pateras, la verja de Ceuta y Melilla y hasta el Sahara, todo en turbia tormenta de arena. Ese polvillo rojo, mezcla de izquierdismo y desierto o del desierto de la izquierda, desluce el brillo de las urnas de la ONU, que ya no entrarán en luz, aunque le den con el nanas.

Al político le sobran pobres en sus presupuestos, pero la Iglesia necesita su parábola para educar fieles. Por eso, nuestro alcalde Almeida ha procesionado el municipalismo este Jueves Santo detrás de Jesús el Pobre y de María Santísima de Dulce Nombre por calles ajardinadas sin maleza de mendigos y relimpias de mascarillas.

En otro tiempo, tiempo de transición, el pobre afiliaba su necesidad y sus sueños a las siglas de un sindicato de clase. Luego, cuando descubrió que el sindicalismo español atesoraba mucho liberado sindical, pero liberaba pocos pobres, prefirió abonarse a la Primitiva. El capitalismo engancha con fuerza, quizá sea el vicio mejor inventado.

Todo es confuso menos tu vientre, Ucrania. Ante la guerra, los podemitas y los independentistas de las taifas autonómicas se oponen al envío de armas. Se colocan en posición de loto a lo Gandhi o encamados con chorba o chorbo como John Lennon y Yoko Ono y venga de fotógrafos a retratar el amor y la paz entre sábanas. Pero el pobre fetén, el de verdad, no sale en la foto. El problema es que se necesita fotógrafo que retrate en el pobre de Vallecas, en el ucraniano y en el saharaui no su desgracia peatonal, sino la miseria moral de los otros.

EL PAÍS, 26 de abril de 2022.

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Divorcio

Díaz Ayuso y Pablo Casado se divorcian a lo goyesco en el telediario de las tres: a garrotazo limpio. Un «Sálvame» o sálvese quien pueda en directo donde se tiran mascarillas, contratos y desamor a la cabeza. Una trifulca racial de esas de vecindonas en bata con insultos guatiné y corrala cañí. A mí estos dos amantes enjoyados de razones me tienen con el corazón partío.

Ganó la Ayuso cuando levantó su mirada sociológica a cámara en primer plano y susurró: «El mundo se derrumba y nosotros nos desenamoramos». A ellos y a sus asesores el amor por la alta política europea les ha venido grande o a contrapié. No han dado la talla ante la tragedia de Ucrania que se nos venía encima. Hay cosas que se deben hacer en la intimidad; por ej. hablar catalán. Con Aznar esto no pasaba.

El exrey Juancarlos se separó en un borbón-brexit de Sofía; y Cristina con el Urdanga hacen matrimonio interruptus. España se divorcia de sí misma en silencio. Pero Casado es un Otelo celoso que espiaba noche y día a la hembra política con mayor tirón ibérico. La Ayuso ha puesto sus reaños, sus votos y el tutú de la comisión de su hermano encima de la mesa y le ha dicho al jefecito: «Ingrato, ¿quién te daba más que yo?». A Casado solo lo votan, a ella la glorifican. Ayuso no necesita votantes, tiene ayusistas, fans, fieles, tiene manifestantes, incluso hooligans. Si un día la votasen votantes, se comía España.

Ayuso se ha puesto estupenda políticamente, divina, le han hecho un restyling de estilismo electoral y no quiere más Casado, solo quiere Libertad para amar y mandar. Es muy suya y no de nadie. Presa de Libertad, dejó a su ex y se encuentra con que es. Es presidenta por barriobajera, quiero decir, que ha sabido ser en las barriadas lo que no ha visto la miopía izquierdista. Ha entendido el laboro de camareros, taxistas, currelas y así.

La Libertad es de Ayuso como de Fraga fue la calle. La derecha cuando nacionaliza, nacionaliza a lo grande: la calle o la Libertad. Los pelanas de izquierda y los Boyeres de Porcelanosa tan solo nacionalizaron las abejas obreras de Rumasa. Ayuso, abeja reina, voló a Nueva York y ante la estatua de la Libertad puso a Dios por testigo que un día presidiría España. Y al señorito Casado con los nervios se le aflojaron los másteres y se echó mano al órgano del partido para investigarla. Todos los barones de las taifas autonómicas han pedido que la factura del sainete la abone el homínido Teodoro García Egea. Y Casado, a casa con el diputado Casero: solos, desolados, apuñalados por sus íntimos enemigos y todo por un error informático o de información.

Menos mal que como ya hay AVE a Galicia, Feijoo vendrá a regalleguizar el asunto. De Valladolid para abajo la tierra hispana no da cosecha de hombre o mujer que gobierne el derechismo nacionalcatólico, desengáñense. A Ayuso, la niña de la Aguirre, tampoco la han dejado ni siquiera arrimarse a ser presidenciable. Los suyos, los de la casa, los Carromero de la fontanería, le han sacado el vídeo de su pomada, el porcentaje de colágeno de la comisión fraterna.

Ser mujer, a derechas o a izquierdas de la vida, es demasiado lastre aún para gobernar este país celtibérico: Tocino, Aguirre, Soraya, Cospedal, Cifuentes, Ayuso, Susana, Carmena, Fernández de la Vega y tal y tal. Al pepé siempre le quedará Madrid…

El PAÍS, 3 de marzo de 2022.

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Pederastia

Este barrio, madriles mío, en que me desvivo, parece una feria de la fe, una Expoiglesias con un voy y vengo diario de cirios e inciensos por sus calles, que no hay dios que se aclare. Son calles asfaltadas de credos diversos: la Conferencia Episcopal, una Gizeh con obispos afaraonados; una sinagoga con el judaísmo camuflado; las cúpulas rusas de una iglesia de oro ortodoxo o heterodoxo y los creyentes evangélicos de Cristo Vive. Entre medias de tanto badajo de iglesias, mucha bocacalle con guarnición de conventos, colegios con crucifijos y por ahí.

Yo paseo mi agnosticismo domiciliado por estas aceras de confesión mientras recito mi padrenuestro lírico: Baudelaire o Verlaine, según el día. Alguna mañana me cruzaba con Ángel Gabilondo que sudaba la camiseta, digo que se ejercitaba en pantalón corto con carreritas. Gabilondo, después de muchos despueses de poder judicial, apenas sale por el barrio, que se enclaustró a defender al pueblo. No es que no lo hubiera hecho antes, no se me entienda mal, es que ya gasta puñetas. A Gabilondo, más defensor estoico que hoplita atacante, la retaguardia moral va mejor con su ángel filosófico. Para marcar a Díaz Ayuso se precisa verbo más marrullero. Y eso no es Gabilondo. La Ayuso, en estado de gracia, es la apoteosis de la derecha en Madrid y sus provincias. ¡Ya quisiera el rojerío parroquia con esa fe!

El filósofo se hizo un aparte metafísico para rezar socialismo a solas, un rosario con otras oraciones y parecido catecismo social. Y el presidente Sánchez, qué cuco, le ha colocado el marrón de la pederastia, porque la Iglesia española no acude al confesionario de la Historia a contar los abusos sexuales de sus religiosos. Están en ello, en confesarse, dicen. Aquí mi vecino, el mandamás de todo el sacerdocio, Juan José Omella (compramos el pan en el mismo obrador, a él se lo consagran) susurra que si hubo algún pecadillo, fue poca cosa sexual. Vamos, unas migajas.

En mis paseos o mis sentadas vecinales coincidía, ya digo, con Gabilondo o su señora y hablábamos de ética escolar y de estética en JRJ. Ahora en la carrera de su vida sudará tinta con el informe sobre la pederastia. Gabilondo, que fue fraile corazonista antes que cocinero de Educación, es el sosazo formal de la izquierda y eso amansa a los obispos. Su mezcla entre Kiekergaard y el padre Ángel de Vallecas es garantía de bien para las víctimas. O séase, nadie como él para el papelón. Cuando ponga negro sobre blanco las violaciones de los niños por los sacerdotes, desde El Lazarillo de Tormes (el primero) hasta el último caso, todo el país llorará en silencio.

El Papa Francisco, Papa por la mano argentina de Dios, anda recristianando el catolicismo y sus sotanas desde Australia a Francia. Si Cristo viviera, como cantan los evangélicos de mi calle, y viviera por ejemplo en Lavapiés, en medio de este manga por hombro, en tres días exigíamos su devolución en caliente.

Me encuentro con Isabel Celaá en la calle Alcalá, que viene vaporosa del Vaticano, y me habla de la ciudad eterna, pero yo creo que le ha pedido al Santo Padre que la Iglesia española desmatricule inmuebles, matricule abusos de catequesis y pague el IBI de los mortales a los ayuntamientos inmortales. Y el pontífice, un hombre con regate divino, le recuerda la miga mollar del Evangelio aquí a mi vecino Omella. Lo que pasa es que a monseñor Omella le pilla en el obrador comprando el pan y no se entera de que los Lázaros de todas las barriadas se han levantado. Y salen con la cabeza bien alta de su infancia en el infierno, Une saisson en enfer (Rimbaud), aunque quizá muchos lleven ya más de media vida en ese barrio inmundo al que los arrojaron unas hienas sexuales.

EL PAÍS, 17 de marzo de 2022.

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Tita Thyssen

Tita, baronesa del arte, es coleccionista: de maridos, tres o cuatro, no sé, ni tan mal; cinco idiomas; y diez ministros que quisieron camelarla por sus obras maestras. Otros comercian con pisos prosaicos, ella arrienda pinceladas espirituales. Tita, ya digo, le alquila brochazos de simbolismo al Estado español y le da a Madrid hospedaje en la modernidad, cóctel de color. Tita es ella misma pop art, una mujer cotidiana que se convirtió en icono del arte.

Después de veinte años de enseñar sus lienzos a lo gratis, ha firmado con Miquel Iceta, un ministro rumboso, contrato para que nosotros, ciudadanos mortales del IVA, vivamos una temporadita de alquiler en la eternidad de un Chagall, al estilo de la poeta Blanca Andreu.

Tita fue miss de la España que viajaba en seiscientos, luego acrecentó su gracia de más miss por Europa y el mundo universo. Mucha miss. Un verano, un aristócrata muchimillonario le tarareó que si quería ser casada, paramiaumiau, miau. Y acabó maridada con una belleza nobiliaria: la mejor pinacoteca privada, después de la de Isabel II. (Por cierto, todo el Reino Unido, y desunido de Europa, anda de jubileo. Saben que cuando mueran todos los reyes, incluidos los de la baraja, dios solo salvará a su Queen).

En su yate, al barón Thyssen en bermudas le desmerecían unas canillas sin magro ni sustancia estética. Unas canillas donde la vejez principiaba en el hueso de la muerte. Antes de que doblara el barón, los barones también doblan, Tita defendió sus cuadros para Madrid cual Juana de Arco o gata en tejado de zinc caliente contra las cucamonas del príncipe Carlos y la Thatcher para sus museos ingleses; de Mitterrand para los franceses; y de los Getty americanos. El emérito Juancarlos, que ahora gasta ética beduina, la condecoró entonces con la medalla y cruz de Isabel la Católica. Un día, para proteger su museo y el ecologismo anidado en los árboles del paseo del Prado, Tita se encadenó con su medalla a un platanero, que para eso de la salvación van bien el Isabelaje y sus cadenas de catolicismo. Posó ante los fotógrafos con el postureo dulce del San Sebastián de Mantegna. Ganaron los árboles, acaudillados por Tita, frente al alcalde tunelador Ruiz Gallardón.

El Thyssen inspira hasta a los presos. Hace días llevaron un racimo de reclusos a ver los cuadros, por esos sueños ginerianos de reeducar con la belleza. Y uno, el más soñador, ansió la libertad tras enamorarse del retrato de Giovanna Tornabuoni, de Ghirlandaio. Fue una fuga artística. Aún lo buscan camuflado dentro de un paisaje de Magritte. El Thyssen, qué sitio único para evadirse de la miseria, cada cual de la suya.

Tita sacó a Madrid del costumbrismo por el simbolismo, internacionalizó y modernizó la mirada de los austrias. Madre, matrona y parturienta juntas dio a luz pintura, color y forma. Y un Borjamari crecidito que le discutió a mamá su ración de Rembrant. Es que Borjita es papá de cinco churumbeles y la cosa está muy mala. Ella sola, diosa madre pictórica, alumbró vanguardia europea en esta Iberia rupestre. Abrió en el palacio de Villahermosa la cueva de Altamira contemporánea. Fue madrastra y mecenas de la pintura que nos faltaba. Mientras, España entraba de puntillas en Europa cuando nos pirrábamos en los noventa por ser posmodernos y hasta olímpicos. Nos faltaba el Thyssen.

Hoy Tita populariza, estataliza su colección privada, en un negocio estilo familia archirrica americana con museo y fundación. El ministro Iceta le ha bailado el agua bien bailada a la baronesa viuda y nos ha domiciliado en un edén compartido: en el Gauguin de Recoletos. En su dacha de Andorra, Tita, vestida de taithiana, brindaba por Hacienda con champán. Yo, con mi jersey de cuello vuelto, la gorguera intelectual del escritor progre endeudado con el arte, se lo dije: “Tita, amor, retira la mantequilla política de tu caviar filantrópico y deja solo el arte puro”. Hacienda contribuye muy mal al coleccionismo hispánico. Me lo contaban hace poco los Abelló, de los Abelló de toda la vida, mientras mi cucharita giraba y giraba en una taza de café con Renoir, Picasso, Toulouse-Lautrech y por ahí.

Madrid le debe a Carmen Cervera un monumento o una avenida. Le levantan una estatua al caballo de Espartero, pero no a la miss que embelleció Madrid al óleo y que salvó a los madrileños de una alcaldada infernal: la tala de la arboleda del paseo del Prado, ahora patrimonio mundial de la UNESCO. ¡Qué cosas! Tita ha hecho más Madrid que toda la procesión de concejales, banqueros, arzobispos, chulapos y ropavejeros unidos. Madrid me Mata, ¡mua!, Tita.

EL PAÍS, jueves 9 junio, 2022.

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Pitarque robots

Javier Pitarque, poeta del metal, reelabora en unas composiciones humanoides el abandono y la soledad industrial del ser humano. Javier ha recogido objetos sepultados por los vientos de la vida y, como Neruda, ha construido una poética impura hecha con hierros, bujías, interruptores, logos publicitarios, cosas así. Este artesano de soldadura solidaria ha buscado y rescatado en las chamarilerías del olvido restos de un pasado desmembrado: deseos en lata, linternas, tubos de anhelos y otros desechos de civilización televisada. Todo para crear unos robots que retraten al hombre moderno. Como objetos que sobrevivieron a su tiempo, estos robots no hablan, no se mueven, no bailan ritmos ni algoritmos. Representan el triunfo sobre el hombre masa y su consumo desaforado. O quizá tan solo mediten el destino incierto de la nueva era cuántica. Los robots Pitarque son sueños de un mundo descompuesto y recompuesto con retales de vida arrinconada y fragmentos de un consumismo en permanente desuso. Robots o metáforas puras que atornillan nuestro presente a un ayer sentimental, desmoronado. Por eso, entre alegres tuercas, Pitarque nos ajusta en una sonrisa analógica el retrato robot del siglo XX. Un siglo descapitalizado de emociones que actuó maquinalmente y sin pensar gobernado por el consumo, las marcas y la publicidad. Otra dictadura. Hoy solo quedan estos robots enamorados de los emblemas o de piezas únicas de unas empresas, corporaciones y multinacionales ya inanimadas por un tiempo que todo lo desvanece, lo cambia, lo digitaliza. El arte rehumaniza la vida incluso con los desechos del progreso.

Ramón Cote, poeta

En aquel Madrid de entones, cuando Madrid vivía su movida ochentera y preeuropea, un poeta ultramarino bajaba por el paseo del Prado con caminar de pie libre, desestructurado de huesos y con versos de iracunda delicadeza. Bajaba a esa hora en que el sol de la tarde madrileña sueña sus ocasos e imposibles contra la fachada del Banco de España. El poeta Ramón Cote vivía dentro del museo del Prado, avecindado a fray Angélico, a Antonello di Mesina y compartía con Patinir vistas verdes a la laguna del Retiro. Salía Ramón, digo, desde un fondo velazqueño pero con una orfandad verbalizada en Bogotá y cuajada en versos de mirar muy celeste. Versos que aún olían a tinta fresca, reciente. Ramón era reciente y ofrecía su oración profana con pausa y ritmo de mermelada. Como solo respiraba belleza y pura poesía caminaba milagrosamente sin tropezar jamás en ningún prosaísmo enlosetado. Traía bajo el brazo poemas de Auden, de Carl Sandburg, de Hart Crane, de Mutis o Neruda. Protegido solo por gorriones y magnolios, en el bolsillo de la camisa brillaba su estilo-gráfica entintada con las verdades del corazón. Garabateaba direcciones, teléfonos, poesía con caligrafía de hortensia: amplia, generosa, con despliegue de círculos. Ramón era el aura más lírica que cruzaba por Atocha en busca de la estación total: Delicias. Allí se recreó en esos vagones de la vida ya derrotados por el tiempo y con destino en vía muerta. Cuando llegó la sinuosidad de Ramón a Madrid con su andares cóncavos y convexos y su voz susurrada, todos comprendimos que a Atocha ya le sobraba su scalextric. Teníamos su poesía como viaje de mejor elevación posible. En ese Madrid de tiendas de ultramarinos que años después devoraría Europa, Ramón nos abastecía de ensueños sensitivos que captaba con un telescopio desde la terraza de su abuela. Un día se presentó en la puerta de Claudio Rodríguez. Le traía la claridad del cielo de Colombia y se la dejó allí versificada, bella, azul. Y Claudio lo abrazó con ebriedad. A nosotros nos dio una breve fosa común en la que aún vivimos gozosos una amistad oceánica. Ramón es embajador estético por rama materna y por rima plenipotenciaria de su padre poeta. Nadie posó luz más lírica en los lienzos; nadie pensó la pintura en plaza más pública que en su Colección privada. A ese Ramón Cote de naranjas, garzas y fuegos obligados en ventanas a la noche; al rubicundo Ramón, suave, ecuatorial, frondoso, flaco de verbo, poeta agigantado por el tiempo o el Temporal de una vida paginada en obra completa lo soñamos en sucesivas oleadas atlánticas ya sin medida.

Imagen: Freda Sargent.

Preparaíso en La Palma

Cuando la tierra es el latido negro de un volcán hacia el mar, todo rastro de sentimentalismo queda calcinado. Ahora esta erupción de tranquilidad y viento nos encoge el ánimo. Bordeamos la cuerda del cráter con pinos ahijados en su interior y divisamos a lo lejos la lava que lamió las salinas del océano. Lo blanco y lo negro reunidos, como escribió Octavio Paz. Teneguía es un sorbo de soledad dulce, de luz y mar arraigadas en parras de malvasía (el vino de Shakespeare). Uno trae a esta naturaleza pura sus preocupaciones impuras, su superficial existencia y un futuro falso, traicionado hace años. Y pasea pensativo sobre este magma del que brota un silencio de musgo muy verde y donde alguna planta se aferra carnosa a una vida volcánica. Así vivimos nosotros, en la ladera de un cráter ignorando la profunda verdad de los adentros. A veces, un humo, un temblor, un terremoto nos recuerdan la nada que es todo (neoyorquino Pepe Hierro). Una prosa de reproches fluye como lengua ardiente que quema cuanto designa. Con el tiempo, nos acostumbramos a caminar sobre el dolor más negro, más duro. Vivir es pisar lava, días y un penar petrificado. Cuando estas montañas se anochecen, los telescopios sueñan el fuego o el sueño lejanos de otros preparaísos con nebulosas y galaxias. Al paraíso se entra por bosques de laurisilva de La Palma o por su firmamento salpicado de un titilar de salinas o estrellas. Qué extraño es pensar que de este magma de los siglos solo quedará un río de ceniza enamorado de la luz.

—Haz una foto a esos cuervos que sobrevuelan las cúpulas blancas del observatorio astronómico. Click!

Martes, 02/01/17.

Imagen: Jorge Oramas.

El relator

El relator de la ONU, Philip Alston, ha narrado en estilo naturalista la miseria en que vive y muere la España gitana e inmigrante en sus adentros. Todo eso, que ya leímos en Tiempo de silencio de Martín Santos, sale ahora en prosa oficial de desigualdad. Y el españolito ético mañanea con la niebla de ese «redoble de conciencia» (Blas de Otero) camino de su taller u oficina. Cuenta, el relator, que miles de adultos y niños subviven donde la ciudad se torna vertedero de vidas, donde se escombra la indignidad, en un más allá inimaginable de basura, barro y cultivos de marginación fresera. Supongo yo, es un suponer, que el Gobierno, retirado este finde de ejercicios espirituales socialdemócratas en Quintos de Mora, traerá tejidas unas leyes fiscales para cubrir con el top manta del BOE estas vergüenzas. Las ministras socialistas y unidas, que han leído a Marx y que ahora gobiernan para no descapitalizar la vida ni los derechos humanos, no pueden mirar para otro IBEX. Y a uno, sin pueblo espiritual ni Boletín comunista para apalabrar esta revolución pendiente (ahora los cambios revolucionarios se publican por decreto), su genoma teatral le lleva por la noche hasta Lavapiés a ver la función del CDN Valle Inclán. Coincido con el Embajador de Francia que viene a aplaudir a los suyos, a sus plumillas digo. Como lo trae el chófer hasta la puerta del teatro, no se entera de la cosa callejera inmigrante. Me saluda delgadamente, parece poco embajador y menos francés, con su dame muy francesa, ella sí, de pies lavados y enjugados en sandalias de tacón. En la puerta del Valle Inclán, compartimos escena el negro de Mali, la diplomacia de La Grande France, mi cuadrilla poética, y mucha jai de sustancia. Lavapiés es lavadero de nacionalidades, con pies hambrientos de leguas y manos que saltaron concertinas amasando su morir. Esos pies, calzados de europeísmo falsificado de adidas, pasan delante del Centro Dramático Nacional sin saber la teoría del esperpento. Ni falta que le hace a la africanía para interpretar los papeles que les niegan los muchos Salvinis en la tragedia europea. Uno buscaba el centro del drama nacional en Lavapiés, pero el relator de la ONU lo ha situado en los arrabales de la conciencia de España. El Gobierno se sale por los montes de Toledo a templar la sentencia de las devoluciones en caliente del Tribunal de Estrasburgo. Nadie quiere leer ni escuchar el relato de que Europa será arrasada por hordas de totalitarismo aupadas en la inmigración.

Imagen: Miquel Barceló.

Música en el templo

Hoy o ayer, tal día, he escuchado a dios en el Duomo de Milán. Quiero decir que Bach, el dios verdadero de la música, sonaba entre las piedras de la catedral más femenina de la cristiandad. Llegaba yo milagreado de ladear atascos con peaje por toda la selva oscura del milanesado en mi Fiat de alquiler y junto a la plaza de Virgilio encontré mi verso o pie libre. Allí aparqué mi prosa utilitaria. El propio centro. Como dice mi suegra, yo nací con suerte para todo, hasta para la mujer. ¡Qué intuitiva ha sido siempre mi madre conyugal! Había quedado a cenar con los míos: Il pomeriggio è troppo azurro, pero me adentré tras Virgilio en el Duomo y todo se metaforizó. Sonó esa música extremada y yo ya no fui yo ni mi cuerpo fue mi cuerpo. Dentro, en la sacrosanta área chica del altar, orquestaban la «Passione secondo Matteo». Bach y allí me quedé, solo junto a un Milán mínimo. Divinamente ante el Paraíso. La inmensa mayoría milanesa a esa hora futboleaba el Purgatorio de cada temporada. Apagué el repicar del wassap balompédico y creo que levité algo frayluisiano o quizá a lo Remedios la Bella, no sé. La emoción cogió su propio ritmo. A otro, en ese templo y en esas circunstancias estéticas, le flojean las canillas, se viene abajo y le sobrellega la fe divina en pleno recitativo. Yo, pecador, me mantuve en mis impurezas, no fue fácil. Salí disuelto en frases musicales con la noche ya fondeada, amarrada a los pináculos de la catedral y reconciliado con el ser humano y su deambular por la historia: la belleza del arte, la trascendencia de la música y la elevación democrática de la piedra. Como en poesía, lo importante casi nunca es el contenido, sino cómo fluye el sentimiento universal de la existencia. Traspasada ya la mitad del camino de mi vida, me vi solo de días y noches, exiliado de mi espacio y de mi tiempo en la belleza de Bach y en los versos de Virgilio. Después busqué mi Fiat junto a no sé qué pizzería sin gluten y mientras atravesaba una calle meditativa vino hacia mí una humanidad abufandada de euforia de champions, con cánticos de otra pasión profana, otros dioses con música de fanfarria. Había regresado por esa bocacalle al infierno de nuestro siglo.

Imagen: José Manuel Broto

Onanismo

Un país se construye con metáforas o se queda solo en tribu con ancestro de entrecejo y taparrabos. España, como las naciones que son, levantó un andamiaje poético con su mucha argamasa épica y su fina hilada lírica. Si no, no es. Luego vino la prosa del Derecho y la Ciencia, y la otra más golfa, la prosa de la prensa acanallada que se esquina en las columnas de periódico. La metáfora pura es la vida misma, vivimos y morimos por una metáfora, que el amor es la palabra que nos crea y recrea. Madrid sabe que cielo e infierno son solo lugares metafóricos, como lo son el chocolate con churros o la utopía bolchevique. Hasta la barba de Dios padre también es una todopoderosa metáfora. La Biblia es otra sucesión arremolinada de metáforas y el Quijote, la biblia de los laicos, un gran molino de metáforas. Somos por la palabra y si no hemos metaforizado nuestra existencia, hay que dudar de que hayamos existido. Quien no ama el verso no vive, tan solo arrastra días mercantilizados con dividendos. Eso mismo les pasa a las naciones. La metáfora es unión, es asociación o apareamiento de carnes y de conceptos, en cambio la independencia es onanismo. Puigdemon es el Onán catalán solo en el barrio del Maneken con lo suyo colgando. Digo con su presidencia exiliada de la realidad, evadida a lo Tintín en una colonia inexistente, allí es president muy dueño de su diuresis. Mientras, en la Gran Bretaña, el beatle Johnson se ha soltado el flequillo léxico/ético de Europa para Trumphar en una deriva atlántica y rubia ya sin piojos inmigrantes. Sin amor, que es un sueño conjuntivo: tú y yo, a lo Pedro Salinas, no se vive, se malvive. La vida es una metáfora mortal de amor y para amar se necesita, al menos, ritmo binario. La existencia a solas es desamor, es otredad. El Brexit es onanismo. Cataluña y Reino Unido, solo necesitan amor y otro peinado político: «Love, love me do».

Imagen: Alberto Corazón.

Notre-Dame

La tarde que llegué a París, ardía Notre-Dame. Sobre un puente del Sena medité el incendio interior, moral de Europa. Ardía uno de esos andamiajes de símbolos que sostienen la humanidad. Pero París no es ya el símbolo de entonces, ha perdido mucho o parte de su dulce charme. No por el fuego, sino por la tierra que se pisa. Uno antes se sentaba en los cafés a ver pasar parisinas aladas o a ver cómo salían de los coches con piernas de sofisticación entaconada. El café costaba cinco euros, pero traía esa chocolatina de glamour. Eran ascuas de atardecer que luego incendiaban las noches en Pigalle de intelectualidad. Hoy ellas, las chicas digo, han cambiado el bolso de piel por la bolsa de tela y zapatillas, cosa de una moda en crisis. Y ya solo los edificios son el espectáculo; argumento y actores carecen de empaque. Por ser más París, París ha caído en menos. París es un monstruo que digiere gentes en sus intestinos subterráneos. Los sábados, ahíta de parias de la semana, París los deglute vestidos con chalecos amarillos de vidas averiadas para que auroreen su llamarada proletaria por los campos Elíseos mientras gritan que ellos un día también fueron París. Vienen a guillotinar un vivir Vuitton, una época Cartier o unas pensiones Paribas, además de todo el turismo eiffelista. Vienen a romper los escaparates de unos sueños inalcanzables contra los que arrojan las piedras de la ira. Los chalecos amarillos subcontratan adoquines de mayo del 68 sin Sartre o Beauvoir, como el capitalismo subcontrató la reforma del evangelio de Notre-Dame sin compañía aseguradora. Macron, un presidente aseado de laicismo, anuncia que en cinco años reconstruirá el templo, y los chalequistas se preguntan cuántos años tardará en reconstruir sus vidas chamuscadas en los banlieue. Vuitton, la catedral del lujo, ha donado cien millones de euros para Notre-Dame, porque todos los Vuitton de París necesitan una puerta espiritual para que entren turistas. Y Notre-Dame comulga con esa fe cara para glorificar su grandeur. La una sin la otra no existirían. París es Notre-Dame de Vuitton. Uno, para protegerse de esta humareda de fraternidad y de tantas pedradas de igualdad, se refugia junto a la estatua olvidada de Verlaine en los jardines de Luxemburgo antes de subir a la plaza de Saint-Lazare a desacralizarse en el fuego de la belleza y el amor, únicas llamas con salvación posible.

Imagen: Gustave Freipont, «Premonición» (1924)

Fernando Carratalá

Un volcán de lexemas y grafemas ha entrado en erupción. El volcán Carratalá arquea las cejas y encendidos en lava gramatical van versos y villancicos comentados, acunados, descifrados en ascuas vivas. Hace unos años Fernando se jubiló del momento secundario adolescente para entrar en su primera eterna actividad sísmica. Se movieron, se removieron las placas sintagmáticas y las tectónicas de la filología. Vinieron tardes ortográficas con humo, fumarolas y temblores gramaticales que precedieron estos ríos de sabiduría o libros sucesivos que arroja desde sus adentros. La naturaleza Carratalá es creadora, dadora, incontenible desde la altura a la que se fue elevando en conocimiento curso tras curso. Carratalá es cráter inmenso que hoy mana sabiduría y fluye pedagógico con magma bilabial o fricativo. Su enseñanza con el tiempo se solidifica catedrática en páginas certeras, definitivas. Fernando es docencia hecha carne y espíritu en vuelo acelerado. Imparte conferencias sobre Miguel Hernández en un vagón del AVE a 300 kilómetros por hora a las azafatas y a los excursionistas del Inserso o sobre el Quijote subido en el ala de un avión trasatlántico. Fernando es una desmesura docente, da y da su saber a «quien conmigo va». Si te acercas un metro, se arranca por conferencias. Si te alejas, te cita desde los medios. Nació por y para enseñar, nunca se vio maestro tan de veras, vocación más adverbial ni entrega más generosa. Fernando vive en el verbo la profundidad de su existencia, y si se perdiera (el dios cervantino no lo quiera) algún día el paraíso, es decir, su idioma español, él solito entero lo reconstruiría. Porque Fernando se sabe la letra, es el memorión de El Cid, de San Juan, de Garcilaso, todo; y además, lleva esa música interiorizada, y con sus manos regordetas capta ritmos, endecasílabos al paso y tararea y recita sonetos, romances y canciones con los que triunfó una noche en el festival de Benidorm. Un día se empeñó en llevarse España a Puerto Rico o en traer Puerto Rico a España, no sé, según el estado asociado de su ánimo. Se le veía cargado con baúles de literatura, con congresos de españolismo, de ilusión colombina. Cuando Fernando desembarcó allí, en el trópico, se aclimató en huracán de hispanismo. Desde entonces, llega cada cierto tiempo como dulce tifón que barre anglicismos, y siembra toda la «Isla de la simpatía» (JRJ) de poesía, de alegría y de optimismo ibérico. No hay huracán lingüístico más benéfico que el suyo, ni amistad más cálida que la avalancha de humanismo de su corazón homónimo.

Imagen: Jorge Zeno.

Eduardo Ruiz Armenteros

(De un profesor de provincias que se vino a vivir en un instituto de arrabal)

Allí, en el instituto Tirso de Molina, nosotros. Arracimados en unos pupitres desvencijados, nosotros. Éramos solo retazos de prosa descompuesta, éramos los hijos de la Andalucía emigrada, el retoñar de una Extremadura hambrienta. Allí, perdidos en el arrabal vallecano, sin norte al sur del sur más profundo, nosotros. Y un día de no sé qué año confuso, una puerta se abrió, una puerta sin medida por la que entró él y su sueño enhiesto, y con él toda la Literatura de habla andaluza. Decía con áspera dulzura: «neneh, loh ricohombreh del medievo…». Y entonces nosotros, los hijos de la emigración, supimos que aquello era verdad, que aquel acento era tierra nuestra desconocida por nosotros mismos, que su voz sonaba a olivar que no imaginábamos, a una esperanza que hasta entonces no había. Él era luz verdecida y alegría lorquiana que aún no sabíamos, pero que luego alumbraría otros días y otras noches más sombrías. Y con él aprendimos a reír y a atrevernos, a vivir y a soñar, y a interpretar el papel de nuestras vidas. Eduardo vino a Vallecas a bailar un pasodoble triste de transición, de una transición adolescente hacia un destino democrático y siempre incierto. Eduardo marcó por aquellos pasillos de la secundaria un ritmo ético y un andar erguido con el que crecimos todos hasta alcanzar cada uno su mejor yo. Y esa música de copla, la copla oscura que él entonaba desde la profunda claridad de su existir aún resuena por las aulas de nuestras conciencias: «neneh, a vivir, coño». Eduardo, hoy después de tantos cursos y recursos de la vida, tus alumnos te traen solo días y años deshilachados, zurcidos y remendados, pero bordados todos con ese hilo fino de tu ovillo literario. Y ahora te queremos explicar que, por fin, hemos comprendido que Vallecas es otra provincia más de tu Andalucía; y que toda tu vida es sueño y nuestros sueños, sueños tuyos han sido.

Imagen: Benjamín Palencia.

Lupe, contrato por horas: 1

con el mocho en la mano

a mí no me digas sinfo que esa es una kelly de setecientos pavos como nosotras que con trienios acatalanados y todo llegará a los ochocientos a fin de mes bueno es igual una quitamierda como servidora por cuatro duros y ahora sin el puig que se le ha ido andandito de erasmus aflamencado las hay con suerte hale mano sobre mano que estará sin ojo que la mire no me refiero al junqui pobrecico osico mío ahí desangelao hibernando en la cárcel de estremera con la guardiacivil cantándole por el fary verás cuando despierte en primavera enchironao digo ah razonan sin corazón ni na de na pues que no ha visto una manchas bien sucias en este despacho don jordi se arrinconaba muy guarro para rascarse lo suyo y sus andorras y ahí dejaba herencia casposa pelos comisiones un tres por ciento ensalivado bah y la piara de pujolines me lo ponían todo perdido de grasa de itv y la sota ni mu que decía la muy siempre agarrada a su bolso nacionalista y el mas calladito con cuello camisa de servidumbre venía del liceo de hacer su avío ya sé por qué ay bendito a las que fregamos la república o lo otro no nos mueven el mocho ni puchi ni junqui ni coge la espontex la cup desde que me independicé de la generalitat soy otra charnega igual o más que antes que a dos euros la habitación me esclaviza este hotel estelado parador nacional que a mí me importa una higa tanta nación cuatro estrellas le ponía yo a rajoy una semanita a arremeter sábanas verías qué reforma laboral apañaba que no que el sueldo del mujerío no le pone al gachó ese día él solito se ahorcó de las elecciones para mí que quiere que cobremos dinero ensobrado sucinegro verdad tú que las que nacemos tontas morimos peleles pues eso dame dos hamburguesas con cebolla pochada y la shakira que no se opera todos pendientes de sus caderas y ea que no se arregla hace bien que el mantecao del piqué cómo está el tío de honorable yo me lo anexionaba vamos qué limpieza le preparaba si me dieran autonomía te apruebo el estatuto que tú me propongas a lo zapatero o te rezo catalán en la intimidad sí la sagrada familia pero un pecadillo es solo una amarilla el día que vino el rey el rey el otro el que caza korinas con corona bueno esa mañana nadie lloraba independentismo todos le reían sus burbujas aborbonatadas hasta desternillarse o atornillarse en martorell no sabes qué lío en las familias pobre sofi y qué deslucido han dejado el catalanismo los señoritos del seny de sardanas y el lanzapelotas del urdanga con su cristi pobres emigrantes de pedralbes absueltos en suiza y mientras nosotras condenadas a sacar rincones como siempre pero me da a mí que esto ya no entra en luz por qué planta empezamos hoy sinforosa

Imagen: Giorgio Morandi

Bicis vikingas

Me han traído hasta Dinamarca a vikingar y a ver si se me suelta la caspa ibérica, a rubicundarme el cerebro y a desbotijarme de nacionalismo pueblerino en este país de idioma blanco (Lorca). Aquí se tiene otro arreglo más ético y limpio para todo, distinto al de nuestra democracia embuchada con pimentón dictatorial. Dónde va a parar, hay otro método y mermeladas ecológicas. Todo, de cuento de Andersen. Uno, que improvisa su cadadía, lleva la chapuza en las venas y viene a estas islas a aprender circulación política. Por carrilbici cabalgan las danesas amochiladas con el voto femenino desde 1915 a sus otros quehaceres y así les va. Que esta vikingada ha pedaleado mucho, del hacha al diseño y del despiece de enemigos al trato esmerado y democrático. Nos sacan varias etapas y algunas metas volantes de ventaja. Antes navegaron del paganismo al catolicismo y de ahí a Groenlandia, luego al protestantismo y llegaron hasta América y Arabia. En qué costas meditativas andarán ahora los Kiekergard y el príncipe Hamlet? Cuando se les acabaron los mares se dedicaron a veranear en Estepona. Y saltaron de la cerveza a la sangría y de un alfabeto de runas a una tipografía de vanguardia, con vocales muy rubias y muy hippies: ø, å, æ, dignas de una contemplación trascendental o de un ensueño carnal. ¡Qué altas bellezas transeúntes o amazonadas en bici! Una mañana nublada como óleo de Asger Jorn, visitamos, en Aalborg, un cementerio vikingo, del que no quedan ni huesos ni nombres, solo olvido entre piedras sepultadas por mil años de viento y arena. Ahora recuperadas por arqueólogos. Qué inteligente es desenterrarse sin casticismos. Cuando un pueblo de navegantes se queda sin mares, busca necesariamente un canal hacia el futuro y la modernidad. Los hidalgos hispanos prefirieron mirar sedentarios durante siglos cómo se hundían sus castillos. Hoy seguimos edificando más pasado y menos porvenir: catalanismo, corrupción, parados y procesiones, mientras se privatizan escuelas y hospitales con crucifijos de un catolicismo oxidado. A Iberia le falta un carrilbici y un sillín político honrado que nos saquen de esta Contrarreforma de obispos con buñuelos hacia una libertad no contaminada. Pero la sotana siempre se engancha en la cadena y la bicicleta no avanza en ninguna legislatura. Aquí vamos a piñón fijo, allí cambian las marchas con soltura.

Sábado, 16/09/17.
Imagen de Asger Jorn.

Catarsis griega

He venido a Grecia, Lord Byron vallecano, a combatir turísticamente el imperialismo de la troika, pero caí una noche sin luna en la sima de urgencias de un hospital público, griego. El Hades más negro: óxidos encamillados, indigentes moribundos, suciedad, ruina insalubre, vómitos enlosetados. La crisis doctorada. Una ninfa del suero nos saca de este infierno. Cupido la hiera feliz con sus agujas. Uno llega a la Hélade, decía yo, a que le inyecten clasicismo, a que le suturen esta herida feroz de individualismo, a que lo democraticen. Paseo con mi lazarillo Temístocles por Macedonia, Atenas, Salónica tras Alejandro Magno por calles tachadas, pintadas, con comercios desdibujados, muros emborronados y paredes dudonas de grafittis como guarnición de carne de huelgas y manifas. Una rabia garabateada que el gobierno permite para evitar excreciones más revolucionarias. Alejandro reinó como un héroe, porque sus referentes no eran santos, ni Ronaldos sino los semidioses de la Ilíada. Su vida fue endiosarse de Aquiles. A Cristo le enseñó a malmorir pronto, sobre los 33. Su pedagogo, Aristóteles, le filosofó ideales homéricos. Los sueños de un hombre de acción siempre tienen las alas de un profesor. Tsipras no es Alejandro, le flojea el brazo y ya nadie lo palmea, ni siquiera El Coleta. En verano les caerá a estos hoplitas de café frappé otro rescate, el cuarto. Nueva guerra persa o de mercaderes europeos. Grecia es un enfermo al que se le pide que pague con sangre su tratamiento. A nosotros en su hospital cochambroso nos dieron, sin cobrarnos, suero o sueños de filosofía y de poesía para vivir. Mientras, el sol y un mar azul mecen la deuda etimológica, la nuestra con ellos, claro. La brisa trae un aroma clásico, eterno. Hay una tristeza emparrada y perros callejeros que no ladran, olisquean la mierda de otros perros porque buscan estar menos solos. Grecia es un nudo gordiano a la espera de un Alejandro que coja su espada y lo mande todo a hacer puñetas. Por este ágora ateniense pasearon los Fidias, Sócrates, Pericles; luego vinieron los Papandréu, los Karamanlís, los Misotakis y lo jodieron todo, trajeron la peor ruina económica a las mejores ruinas estéticas. Uno no entiende nada de política, sí algo de belleza. La tragedia griega fue olvidar el arte de la filosofía y el estilo democrático en los capiteles. Ahora están en la catarsis. Si hubieran registrado el copyright de la polis, la poesía y el alfabeto, hoy el mundo material y el ideal serían suyos. Y los de la troica vendrían con faldita en procesión de panateneas. Kirieleisón.

(Imagen: Eusebio Sempere)

Sábado, 08/04/17.

Ortega

Para las masas hoy Ortega es Inditex y no un índice de raciovitalismo. Ortega, un hombre solo, la minoría más menguada, acolchado en bata de boatiné, pasea un yo cosido a sí mismo: yo soy yo y mis adineradas circunstancias. Comprendió que el tema de nuestro tiempo era la moda y le dio un pespunte de vitalismo como filosofía de empresa. Lo suyo fue la rectificación de la ropa pública, la popularizó. La rebelión de las masas contra la alta costura con la que, por fin, vertebró España entera. La zarandeó con tiendas aquí y allí, e hizo más unidad nacional que cualquier otra cofradía política. Que lo suyo también es política, política de colores, cotizada en negras bolsas, pero política con muchas texturas. Universalizó su imperio y humanizó la deshumanización del arte de vestir a diario, de trapillo. En América a los mercaderes de siglos pasados brutalmente enriquecidos y otros excéntricos les dio por fundar hamburgueserías y universidades en sus pueblos: McGill, Harvard, etc. Amaban sus orígenes. Aquí, no se sabe qué ama Ortega. Solo su yo. Se entretiene con la compra de espacio, digo edificios; y con la venta de tiempo, digo moda. Ahora da unas bequitas para que los niños de España estudien un año en esos colegios de los otros ricachones americanos cultos o sin cultivar. Ortega, con algún remordimiento, deja sus monedas en el cepillo docente y así desgrava su conciencia, que no da puntada sin hilo. ¿Cuando aprenderá Ortega que la moda es pasajera, pero el arte y el saber eternos? ¿Cómo no redimes tú, Forbes number one, tus provincias? ¿Por qué no creas una universidad para que se estudie a Ortega (el textual y el textil) o para que investiguen el cáncer? El español más rico de la galaxia busca en el universo universitario maniquíes o dependientas y cómo sacarles los euros a unos jóvenes demodés. La miopía de Ortega es de cotizante ibérico del Ibex, como las Repsol, BBVA, ACS, Telefónica, incapaces de ver, más allá de las costuras de los dividendos, que solo de la investigación nace el futuro. Y de la poesía: «Lo que perdura lo fundan los poetas» (Hölderlin). Ortegón, dé ejemplo, salga ya de su Isla ejecutiva torrera. Funde de una vez la Universidad Ortega, una Harvard gallega, que con el tiempo sea el Inditex del saber universal. ¡Será por dinero!

(Imagen: Luis Seoane)

Sábado, 26/11/16.

Grifo

Esta mañana me he levantado, como decía mi padre, poco católico. Él jamás soñó ninguna inmortalidad, yo también adoro esta mortalidad sencilla en que nos desvivimos todos. Mi madre se santiguaba, después le reprendía. «Cómo estás», le preguntábamos. «Entre Córdoba y setiembre», nos respondía. Yo tampoco me siento bien ni confiado en la vida, hoy no profeso doctrina alguna. Será que anoche me acosté sin sed y el sol amanece con fatiga y resaca de recuerdos. Pero mi Sultana me envía en embajada urgente a la ferretería. El grifo pierde. Sobre el mostrador de madera envejecida por el comercio de los años, me acuerdo de cómo el cónsul Neruda amaba los óxidos de esos fierros. Pierde el grifo como se pierde una vida: gota a gota, sin goma que lo remedie. ¡Qué más da! Pero Neruda atrae como abismo y me olvido de mi encomienda. Recito sus versos en riada confusa de objetos y sueños de sal mientras el ferretero me surte de una poesía de alcayatas, alambres y arandelas. Cuando me enfrento a mi grifo, provisionado con toda esa ferralla sentimental, no sé por dónde empezar. Entonces tiro de Neruda y fluye la vida y el verso y el agua. Soy un desastre de humanismo: incapaz de frenar una fuga, de detener el tiempo, de amortizar una pérdida. Hay un dolor encharcado en el cielo de este suelo: cuatro años ya sin padre.

(Imagen: Josep Guinovart)

Viernes, 16/09/16.

La final

A mi sobrino y otros atléticos puros.

Hay un Atleti posible y otro imposible que lo vuelve fieramente humano y que acrecienta su leyenda. Otra final fallida. A mí siempre me atrae el imposible y el abismo. Como Héctor, como Troya, que cayeron en el mito eterno para los mortales. Y de estos años de crisis vencerá el sueño de los que perdieron, nadie hablará de otros triunfadores. Como también se elevó ese mismo Atleti de Luis Aragonés en el tardofranquismo del 74 para hundirse después en la transición de Reina y Rey. Porque este es un equipo que te sobrecoge el ánimo durante el partido y que, al final, te acaba ganando el corazón con sus trágicas derrotas. Esa soledad, ese desconsuelo atlético son la vida misma. Quizá por ello uno se siente cercano a esta pasión. Vivir es la pérdida permanente de una ilusión. Y eso nadie lo encarna mejor que el Atleti. Eso y la fe ciega o clarividente de que tan solo el olvido futuro triunfa sobre todos nosotros. Y porque hemos venido a la vida a perder hasta morir, la lección de este equipo es la de la lucha baldía, la del que sabe que nunca alcanzará ninguna victoria cierta, porque el argumento definitivo de la obra es desolador. Sin embargo, hay días con sol de primavera en que se disfruta una dicha y una luz momentáneas como si uno pisase de puntillas la gloria. Es solo un instante fugaz, pero intenso en que se entra por un momento, de verdad, en el paraíso. Y más no hace falta. Que se queden otros con el engaño de los laureles eternos. Vivir es perder siempre. Hoy abrazo líricamente al Atleti, que me ha convertido o rehumanizado como a san Pablo en este tiempo tan inhumano.

(Imagen: Manuel Mompó)

Domingo, 29/05/16.

LGTBI

Este es el verdadero carnaval. La carne y el pecado subidos en carrozas, glorificados por las calles de Madrid. No, no es entierro ni procesión, es la celebración de la resurrección de los cuerpos antes condenados. Un Cristo o conciencia de la igualdad lazareó a este colectivo: «Levántate y ama». Y eso ha hecho, año tras año, esta minoría arropada o desnudada ahora por la inmensa mayoría. Pero enseguida me acuerdo de mis obispos, no tengo cura, y me pregunto por sus silencios muertos que aún repican y claman al cielo, y por sus palabras vivas que enmudecen en un pasado profundo. Quizá tanta casulla y tanto paso aguardan festividad más propicia para procesionar otra imaginería. Una fiesta en que todos los costaleros del mundo, sagrado y profano, lleven a hombros la dignidad humana en un desfile único y universal, de hermandad de puros e impuros. No oigo nada de todo esto, mientras me muerdo el labio gozoso. Hoy es el día del orgullo de estar vivos. Los carros de El Bosco han salido del museo del Prado para pasearse Castellana arriba. Van cargados de nudismo, de música de trompetas, de calor o fuego sexual, de alegría y bailes. Y siembran amor por aceras y calzada. Pasan delante de las iglesias introvertidas a cal y canto. ¿Dónde habrán ido esta tarde curas y monjas? Quizá están leyendo en Jorge Manrique que la muerte nos iguala a todos, pero el LGTBI aspira a que esa igualdad sea aquí en la tierra. Y a que el tiempo nos reúna en la diversidad, porque todas las vidas son sueños diferentes de la misma, única Vida. Las carrozas suben por Colón y aparcan detrás de la embajada de EE UU. España siempre desemboca en Ultramar, que aún hay que conquistar el puritanismo americano. Mientras, un atónito Emilio Castelar desde su estatua de bronce bendice a estos jóvenes con su oratoria grabada en piedra: «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Eso, don Emilio. Esta caravana no podía tener mejor trayecto: de El Bosco a Castelar. Pero al LGTBI le falta añadir a su bandera arcoíris el color negro o blanco de la Iglesia. La curia debería no solo predicar y pecar, sino también colorear sus escrituras. Hay revoluciones que ni se imaginan de tan elementales: la Iglesia sumada a la defensa de los derechos del LGTBI.

(Imagen: Abraham Lacalle)

Sábado, 01/07/17.

Brexit

Un día en la playa de la Zurriola, mi amigo vasco de León, el periodista Félix Maraña me contó que el escultor Jorge Oteiza entre champán y champán francés le preguntó si estuvo en el entierro de Baroja. (Baroja es un dios en las vascongadas y demás regiones limítrofes inteligentes). Maraña sorprendido le respondió: «Pero Jorge, ¡si yo no había nacido aún!». Oteiza, ojos desorbitados y profundos, se silenció un momento antes de desbocarse: «¡Pues se nace antes! ¡Hay que estar más atento!». Y siguió contando lo suyo de Baroja. Hay fechas de la Historia a las que las naciones no pueden faltar y menos aún equivocarse. Ser o no ser Europa, esa es la única cuestión. No hay otra. Los ingleses europeos, Cameron y C&A, tendrían que haber estado más atentos a su pasado y también a su futuro. Los otros ya iban a la deriva descarriados, víctimas de su propio analfabetismo. ¿Qué lord inglés actual encarna a Byron y es capaz de ir a morir a Grecia para defender la independencia y los valores de ese país ante el Imperio otomano de ayer o el nuevo Reich alemán de la Merkel? ¿Quién atesora ese idealismo puro? Un fantasma recorre Europa, el fantasma del populismo. Cuando ya solo se habla de inmigrantes y de patria, la libertad siempre sucumbe. Menos hooligans, más Byron. Si de verdad se quiere trascender en una auténtica Unión Europea, hay que estar más atentos a universalismos como los de Oteiza, Byron y otros.

(Imagen: Jorge Oteiza)

Sábado, 02/07/16.

Fusilamiento

A R. Y., luchador de Peña Prieta.

Fue en Vallecas, enero o febrero del 81. La memoria falsea fechas, no emociones. Volvíamos a casa a comer tras la hambruna de las clases diarias en el instituto Tirso de Molina. Un guardia civil custodiaba la puerta de un bar de la Avenida de la Albufera, mientras tres o cuatro más apuraban dentro las últimas aceitunas antes de democratizarse por calles populosas. Una correa negra de cuero o charol le recogía un mentón prominente. Nos vio llegar, pero fingía ignorar nuestros andares de BUP adolescente, sus manos agarradas a la metralleta y el dedo índice juguetón junto al gatillo en leve balanceo. El cuerpo, hierático delante de esa garita acristalada de cerveza. A nosotros se nos trasparentó el miedo y la conversación quedó suspensa en un aire lorquiano, verdecido. Las palabras, como lección mal aprendida, se silenciaron a borbotones, mientras los ojos vigilaban ya solo el vaivén de aquel dedo confuso sobre el arma. El verdeaceituna quiso enseñarnos de qué poco valían nuestros libros en un macuto cruzado en banderola. Fueron unos segundos eternos de saliva atragantada. Cuando, por fin, pasamos justo delante de él, nunca descendimos a su altura, a un metro de distancia, aquel tricornio miró al cielo encapotado y apretó varias veces el gatillo: cla, cla, cla, con que fusiló nuestra conciencia estudiantil. Que había puesto el seguro del arma lo descubrimos después, cuando resucitamos a la vida. Luego salió del bar el resto de guardiaciviles hacia un invierno de transición y quizá alguno envalentonado a disparar metralla con Tejero en el Congreso. Nosotros, quinceañeros con el corazón en la boca, sangrábamos silencio. Cuando mi madre, madres que todo lo saben o intuyen, abrió la puerta y me vio malherido de mutismo pensó que había flojeado en el examen de Ética. -No, ha sido peor el de Historia de España. Treinta y cinco años después aún sigo sin comprender España ni su Historia, y menos aún su Ética.

(Imagen: Pablo Palazuelo)

Martes, 19/07/16.